miércoles, 26 de abril de 2017

El niño que no volvió de la escuela

El niño se había puesto los zapatos en el ascensor como cada mañana. Luego rascaba su pelusa de barba indecisa que aún no había tocado la máquina de afeitar. Su madre, plantada ante la puerta con la bata de casa y las zapatillas de pompones, le había dicho:

–¡Date prisa que otra vez llegas tarde!

Yo no comprendía cómo el ascensor me traicionaba, mandándome al cuarto piso en lugar de bajarme a la calle, y así el niño me atrapaba en él. Sin preguntarle, estaba al tanto de toda la vida de la familia; de las vacaciones en la casa de campo, las subidas al apartamento de esquí y las bajadas a la orilla del mar. De todo estaba yo al corriente sin importarme, y era porque no podía zafarme de su charla y al final llegué a sentir curiosidad por los periplos familiares, por si había lucido el sol en la playa o el viaje transcurrió sin incidencias. Todo lo escuchaba yo y todo lo preguntaba, por prestarle atención a él. Con los últimos relatos ya la voz le iba cambiando y no le sonaba tanto a pito inoportuno de parvulario, sino a bronquios de chaval. Así me contó que una pandilla de gamberros le había robado el teléfono de bolsillo, ese que todos quieren con la marca de la manzana, y el juego de llaves, por eso tuvimos que cambiar el cierre del edificio y tomar precauciones para entrar.
Hoy, como todos los días, se metió en el ascensor con las zapatillas deportivas en la mano, se sentó en el suelo como dejándose caer y se las puso con un solo movimiento. Ahí comprendí que por eso nunca las desamarraba.

El niño, que ya no era tan niño, me dijo que hoy no habría clases, que se iban al entierro de un compañero al que había embestido una moto loca en la misma acera que pisábamos al arrancar el día. Luego dio un salto de canguro y corrió hacia la avenida dejándome atrás. Él corrió impulsado con la potencia de los octanos de la pubertad, y yo avanzaba con pasos meditabundos, reflexionando en mi media hora de historias.

A la altura del cruce los vi: las sirenas azules, los vehículos rojos y el grupo de socorristas agachados formando un círculo. Quise acercarme pero desistí, por evitarme el llevar en la memoria alguna imagen de charcutería humana que luego me costara borrar. En la parada del autobús me lo contaron. La policía tenía prisa, iban detrás de un terrorista o de un loco, lo mismo da. Con un volantazo frenético habían invadido la vía izquierda de la avenida para adelantar. Y así, circulando en sentido contrario chocaron contra el niño, que aquel día corrió menos que ellos y lo dejaron planchado delante de su escuela.

Y ahora, ¿qué le diré a su madre cuando la vea? Plantada ante la puerta con su bata de casa y sus zapatillas de pompones, esperando al que ahora yace inmóvil, esperando al que no volverá. ¿Qué explicación se le podría dar? Que este mundo loco se ha llevado un alma inocente, que no sabemos a dónde vamos a llegar, que la policía debió aflojar el acelerador delante de la escuela y… ¿todo esto que más le dará? Cuando no vea a su niño entrar, el niño que no volvió, no llegó a la escuela, no cargará más con su mochilita de libros, ni saldrá corriendo a la calle a medio peinar.
¿Y yo? Hubiera deseado con toda el alma que esto fuera un cuento, pero no lo es, es una escena más que se funde en el delirio de los sucesos de todos lo días. Y ya no me importunará más en el ascensor, con su charla de cotorra infantil, mirando al mundo con sus ojos soñolientos, despertando a la vida despacio, como una flor que espera los rayos de un sol que no la alumbrará jamás. Ahora sí que irás al entierro, pequeño mío, y en guisa de anfitrión principal.

viernes, 31 de marzo de 2017

Poema a Sevilla: Sevilla tuvo que ser

SEVILLA TUVO QUE SER

Si todo el mar
subiera por el Guadalquivir,
no se podría aguantar
de tanto resplandecer.
Sevilla tuvo que ser,
Sevilla de luz y de flores.


Si las olas llegaran hasta el Arenal
y el viento salado tocara tu Torre,
si meciera el azahar
de tus naranjos en la noche.
Sevilla tuvo que ser,
Sevilla de luz y de flores.

Si mi barco hasta ti llegara
remontando las aguas del rio grande,
si tus manos me tocaran
y tus besos saciaran mi hambre.
Sevilla tuvo que ser,
Sevilla de luz y de flores.

Si la luna se maquillara
en el espejo de tu río,
y si el sol la dejara
al ocultarse su brillo.
Sevilla tuvo que ser,
Sevilla de luz y de flores.

Si de lejos llegara hasta mi
el perfume de tus flores,
si con tus rosas pudiera yo
hablar de mis amores.
Sevilla tuvo que ser,
Sevilla de luz y de flores.

Si tuviera que empezar
a escribir de nuevo poesía,
volvería a escribir mis versos
en los bares de Sevilla.
Sevilla tuvo que ser,
Sevilla de luz y de flores.

Sólo unos pocos conocen
el secreto de tus calles,
a donde volverán las oscuras golondrinas
llamando a tus ventanales.
Y ni si quiera tus hijas
las que se visten de faralaes,
ni siquiera ellas conocen
ni siquiera ellas lo saben.
Tan sólo los pies del poeta
en los pasos del Cristo de los Amores,
El que en el silencio de la madrugada
se pasea por los callejones.
Sevilla tuvo que ser,
Sevilla de luz y de flores.

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Este es un mes apropiado para hablar de Sevilla, el abril de la feria y a veces de su semana santa, y la antesala del mes de sus flores.
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sábado, 19 de noviembre de 2016

Los días malos

Los dias malos. Relato corto
  
Hay días malos, muy malos. Días en los que no recibes ninguna buena noticia y las piedras en tu camino parecen crecer. Se diría que esos días no tienen fin, ni noche que los detenga. Es como si estuviéramos atrapados en un callejón sin salida, en un laberinto infernal que te pierde más y más mientras te vas adentrando en el. Cuánto más luchas por salir, más profundo caes. Es igual que sacar un barco a la mar con el viento en contra, o tirar mierda delante de un ventilador.
     Ciertos días, pensaba, no tenían que haber amanecido, ni ciertas horas tragarse las manecillas del reloj. Y además se clonan en otros días aciagos, tal cual el de la marmota que repite las mismas escenas absurdas y sin sentido en un ciclo sin final. Sí; la desesperación existe y los momentos de desamparo en los que ni amigos, ni familia parecen consolar. No podría justificar la razón de la existencia de estos días con los entresijos de una complicada filosofía poco creíble y mucho menos aceptable. En realidad nadie sabe por qué tenemos que pasar por días así. Ni tampoco me importa.

     El río mecía sus aguas grises con serenidad, paseando la corriente con un sonido grave, casi sordo.
     –Sólo te queda la muerte –oyó decir por detrás.
     –No puede ser, no estoy preparada y tengo demasiado miedo para morir.
     –Entonces mira el agua; será lo último que veas.
     Una brisa de aire frío le acarició la nuca, más que viento era como la bocanada que sale de un congelador al abrir la puerta. Entonces se giró un poco hacia la izquierda y atisbó una masa gris, o del color horrible que fuese. Un olor intenso emanaba del mismo lado, parecido al de las almendras amargas, pero no supo reconocerlo. Durante un segundo le alivió la idea de pensar que todo podía ser un sueño.
     –¡Mira al agua! –gritó la voz con autoridad.
     –"Y ahora es cuando me va a empujar." – pensó.
     Quiso salir corriendo pero sintió los pies pesados, como pegados a la tierra. Quiso gritar y no le salía la voz. Fijó los ojos en el agua que parecía una masa movediza de tierra sucia. Deseó hundirse en ella y que aquel polvo le ahogara la respiración. El murmullo de la corriente se hizo más agudo y en la superficie vio venir flotando unos pies. Tras los pies aparecieron las piernas y el vestido pegado al cuerpo rígido que conocía tan bien. El rostro con el rictus tenso, las manos finas, crispadas y cruzadas sobre el vientre. La mujer la miró y le dijo:
     –¡Niña! ¿Qué haces aquí?
     La reprendió como cuando tenía cinco años, con la mirada amenazante y la misma entonación de antes del castigo, aunque en el fondo había detectado un ligero matiz protector. Tras la voz militar reconoció que podía haber cariño y cuando se disponía a responderle, su cabeza desapareció en la oscuridad.
     –¡Vuelve! –gritó– ¡tengo tanto que decirte!
     –Ella lo sabe todo –oyó decir aún por detrás.
     –¿Quién eres y qué quieres de mi? –le dijo sin volverse.
     –¿Para qué te serviría conocer mi nombre? Si te dijera quién soy yo, ni tú misma lo creerías. Dejemos las cosas como están.
     –Eres... tú eres...
     –No lo pronuncies. El día que lo hayas hecho no volverás a este lugar, ni a ningún otro que hayas conocido.
     Ella prestaba atención a cada palabra. Una vibración metálica sobresalía al final de cada frase y trataba de imaginar qué rostro podía corresponder a una voz así. Pensar en ello le daba dolor de cabeza y una angustia en el pecho dífícil de soportar, así que trató de concentrarse en lo que escuchaba sin relacionarlo con ninguna imagen.
     –Mira el agua –le dijo otra vez.
     Y entonces se hicieron remolinos que se tragaban los barcos de horasjasca perdidos en el río y la suciedad. Ahora con la mente vacía, la voz le resonaba claramente dentro de la cabeza.
     –Observa el agua del riachuelo: va abriéndose camino entre la basura y las piedras, y termina atravesando el valle de la sombra de muerte. Es más fácil fluir que ir levantando cada roca del camino y pateando la suciedad. Fluir es aceptar y avanzar con lo que tienes. La locura es seguir adelante con la ceguera de la furia atizada por el rencor. El agua, que parece débil, puede llegar a donde quiera si no se detiene. Además, sabe que el día malo también se acabará, y puede que antes de lo que tú piensas.
     Las palabras surtían de su propio intelecto y le produjeron un consuelo tan grande que ya no le importaba morir y casi deseaba echarse en los brazos de aquella cosa informe y gris.
     –¡Llévame contigo! –le gritó.
     –No puedes, ahora no puedes, tendrías que parar el mundo y eso aún no lo sabes hacer.
     –No tengo ni idea de lo que significa eso.
     –Acepta el día malo y lo aprenderás.
     –Si lo acepto y lo aprendo y todo lo demás ¿podría irme contigo?
     –No. Yo no puedo decidir eso por ti; hoy estoy aquí porque tú me has llamado. Venir es todo lo que puedo hacer. Además, tienes que aceptar el día bueno, eso también lo aprenderás.
     –Si mis días fueran buenos, entonces no te habría llamado.
     –Cuando estés lista para la última danza, entonces me llamarás.
 

sábado, 23 de enero de 2016

El Derecho a Mentir - ¿Se puede mentir por amor?


Qué es mentir

Mentir es un interpretación no premeditada de la realidad que puede ayudar a cambiar el curso de las cosas en un momento dado.

Cuál es la diferencia entre mentir y engañar

Cuando la mentira se desarrolla de manera premeditada para perjuicio de otros, entonces se produce el engaño. Fíjate en que a la muleta que esconde la espada que matará al toro se le llama engaño. Es un engaño si alguien se queda con tu dinero o te hace daño haciéndote creer una mentira u ocultando una verdad importante.
El engaño puede llegar a convertirse en un hábito compulsivo llegando a la mitomanía, puede que para agradar a los demás o conseguir ciertos objetivos.
Pero recrear una situación de otra manera, callar algo que haría más mal que bien, o adoptar una actitud o personalidad que no sea la habitual para ayudarnos a cambiar y salir adelante, podría considerarse simplemente como mentir.

Mentir para reinventar el pasado

El pasado no existe. Al menos en el presente; son sólo imágenes y recuerdos que vamos modelando en nuestro interior cada vez que intentamos revivirlo. En cada ocasión lo vamos recreando aportando una emoción nueva, según nuestra conveniencia. Y hay quienes resucitan el pasado histórico con la intención de manipular el ánimo de la gente, volviendo a perder la misma guerra hasta la saciedad.
Exagerar un aspecto del pasado sería mentir, tanto como si exageramos algún otro. Entonces, ¿por qué no exagerar el aspecto que nos sirve mejor? No me interesa estar siempre perdiendo la misma guerra; quiero pensar que si el bando perdedor es mi favorito, bajo mi punto de vista ya la ganaron sólo por intentarlo. Para mi son los héroes que firmaron con su sangre un pacto para la eternidad. Son guerreros que brillan en el firmamento de la historia por su nobleza y su impecabilidad. Son guerreros de la palabra o de la intención, y puede que arriesgando la vida, entregados a una causa trascendental, dispuestos a dejar en el camino lo que fuera necesario.

Pero revivir las viejas injusticias que alimentan la cólera colectiva, sólo sirve para destruir y crear más injusticias, y más dolor,  veces peor que el evento que lo originó.
Muchos pensamientos habituales son auto aprendidos: los adoptamos porque un día oímos a alguien decirlo, o lo leímos en cualquier parte y decidimos subirnos al carro de la razón colectiva. Y si la razón colectiva es tóxica, nos llevará por un viaje de amargura, necesidad y dolor constantes que nos irá creando un pedrolo en la chepa, del que desgraciadamente algunos sólo se separan antes del viaje final.

¿Mentirse a sí mismo es un autoengaño?

Yo considero que vivir la vida de otro es la forma de autoengaño más grande que pueda existir. Y cuando pasamos la vida contemplándola a través de la caja boba (la televisión, Facebook y otros inventos funestos), entonces estamos renunciando al poder de crear nuestra propia verdad, modelando nuestra realidad libremente.
La caja boba sabe que el instinto tribal de pertenencia a un grupo, es una necesidad patente en nosotros, por eso lo utiliza para envolvernos en su red. Y si no reinventamos el pasado, la caja boba lo hará por nosotros. Date el permiso de cambiar tu percepción de la realidad, a veces es la única alternativa para obtener la paz contigo mismo; recuerda que nuestro tránsito por aquí es muy corto, por eso para mí cualquier mecanismo que nos ayude a liberarnos es válido, siempre y cuando sea en beneficio de todos.

Liberando la culpa

El remordimiento es una trampa mortal, generalmente basado en una mentira, o en nuestra percepción imaginaria de algo que sucedió hace mucho tiempo. Y a veces las víctimas pueden sentirse más culpables que los propios verdugos, al identificarse demasiado con lo que pasó.  Por eso es tan necesario reinventar el pasado, y si no puedes reinventarlo, olvídate de el pues de todas formas no existe y si lo resucitas te estará robando lo único que realmente tienes: el ahora.

Mentir por amor

Mentir sin premeditación malévola, es un acto de amor primero hacia sí mismo, en circunstancias que lo requieran, no como una costumbre para eludir nuestras responsabilidades.
Supongamos que estás en un momento difícil de la vida, o simplemente deseando un cambio de actitud importante. Esta nueva actitud aún no la tienes, pero la adoptas para que forme parte de ti. ¿Te estás mintiendo a ti mismo? Puede que en un principio sí, pero es necesario y en todo caso es mejor que perder una bella oportunidad o hundirse en una depresión. A veces necesitamos ese punto de arranque para vencer la inercia y salir de la oscuridad. Es esa “mentira” la que nos ayuda a tomar la decisión de salir adelante, convirtiéndose finalmente en una verdad.

Mentir para ayudar a los demás

Un amigo muy querido de la infancia venía todos los días a casa a jugar después de la escuela. Al cabo de unos días mi hijo se dio cuenta de que le faltaba un muñequito pequeño que formaba parte de una colección. No cabía duda: su amiguito se lo había llevado.
El dilema consistía en que si acusábamos directamente a su amiguito de haberlo robado, probablemente su madre lo castigaría y no vendría a casa nunca más. Y nosotros lo queríamos, lo considerábamos un niño bueno y queríamos que volviera. Entonces le dije a mi hijo:
-Dile a tu amiguito cuando te pregunte si puede venir a casa que no puede, pues tu madre te ha castigado hasta que no encuentres el juguete que falta en la colección.
El niño confesó llorando que lo había cogido y prometió que lo devolvería y que no lo haría nunca más. El pequeño volvió y enseguida olvidamos la historia. Tenían siete u ocho años, han pasado ya veinte años y aún conservan la amistad.
Esta es una historia muy simple, pero que ilustra el principio directamente: la justicia hubiera partido el bebé por la mitad, destruyéndolo, la misericordia llega mucho más lejos.

La vida y los libros de ficción están llenos de estas historias, como la de Jean Valjean, del libro de Victor Hugo “Los miserables”, en donde encontramos un estupendo ejemplo de mentira piadosa.
Valjean pasa diecinueve años en prisión por haber roto el escaparate de una panadería y robar unos panecillos para alimentar a su familia. La pena que cumple es demasiado severa, agravada por los sucesivos intentos de fuga. Cuando por fin sale de la prisión llega a un pueblecito en donde sólo un humilde obispo le acepta, ofreciéndole cobijo y comida, pero Jean Valjean se escapa durante la noche con la cubertería de plata del obispo. La policía lo atrapa y cuando lo llevan delante del obispo, éste dice:
-Este hombre no ha robado nada, yo mismo le he regalado la cubertería de plata que lleva para que comience una nueva vida y por cierto, se le han olvidado estos dos candelabros.
Este gesto del obispo convirtió a Jean en otro hombre, llenándolo de agradecimiento y de esperanza, y todo comenzó por una mentira, un gesto que sustituye la justicia por la misericordia. La justicia, sedienta de equilibrio inmediato, te hace pagar lo que hiciste pero no lo repara, para repararlo necesitas la oportunidad.

martes, 15 de diciembre de 2015

Los ancianos, esos niños arrugados


Los ancianos, esos niños arrugados que nos inspiran la misma ternura que los perros y a quienes nuestra sociedad esconde como a una malformidad. Y aunque la corona de nieves no se lleva en vano ya no les escuchan, porque está de moda hacerlo a su manera sin oír a los viejos como antaño y porque hay que descubrirlo por sí mismo sin que nadie tenga que mediar.
La abuela y el abuelo no imponen, pero al menos deja que su experiencia te ayude a decidir, y de paso disfruta de los días más cortos de la vida porque donde hoy ellos se sientan, mañana tú estarás.

Una arruga es una señal de que has vivido, no una marca que haya que mutilar. Y mientras el tiempo pasa rápido y nosotros vamos más rápido que el mismo tiempo, encerramos a los niños en escuelas y guarderías y a los viejos en asilos, por aquello del desarrollo profesional. En lugar de conciliar la vida con el tiempo, y no al revés, largándolos de nuestro camino. Esto sin duda nos convertirá en seres profesionalmente plenos y satisfechos, hasta que por ir llegando a la misma edad de la abuela vamos comprendiendo muchas cosas y por ir llegando a esa edad, nos empiezan a apartar. Entonces te entrará el miedo que produce el vacío de las manos que no se llevan nada de esta vida y el frío invierno querrá calar por primea vez los huesos, a no ser que un nieto tuyo haga un video de ti a los noventa años jugando al futbol y marcando goles y lo ponga en Youtube.
-"¡Mira que majo el abuelo!" -y te conviertan en una estrella del circo de la red social.
Pero al viejo que lo dejen ser viejo, que no le quiten su lugar, y puede que te enseñe algo.

Genevieve Baudoin




Estaba en estas reflexiones cuando pude encontrarme con Genevieve, la dama noble con la cara surcada por el arado del tiempo. Me mostró con su amabilidad que nunca es tarde para hacer lo que te propones, ni para volver a lo real. Ella pinta y sus cuadros estaban expuestos en el sótano de la iglesia de la Madeleine de París. Me trató de manera adorable, me escuchó como si yo fuera la única persona del mundo, tomando tiempo para conversar. Su marido, otro niño arrugado, me estuvo hablando de Picasso, de cómo exploraba inventando materiales con que pintar.
El mundo de Genevieve se extendía por lienzos de colores frescos y trazos decisivos que denotaban un arte original. Me habló de su próxima exposición, dentro de seis meses. Y Genevieve, ¿qué edad tendrá?, setenta, diría yo, o tal vez más, pero ¿qué más da?, en ningún momento me lo pregunté; cuantos más años, más sabiduría, más belleza, más libertad.


Lleva mucho tiempo hacerse joven.
La juventud no tiene edad.
Frases de Picasso

viernes, 20 de noviembre de 2015

¿Quiénes son los terroristas?


En estos días críticos he tenido que dejar de entrar en Facebook y las redes sociales. Necesitaba desesperadamente  preservar la energía que quedaba en mi para sobrevivir y temía dejarme arrastrar por el “monstruo” hasta el punto irreversible de la locura y la maldad.
He visto como muchos se aprovechan del drama para vaciar su propia cólera y de paso apostillar que tenían razón, haciendo demagogia política unos, y apología de la justicia, otros. He visto como algunos hablan de paz sólo de boquilla, y que lanzan bombas en forma de críticas, intolerancia y mezquindad. Os aseguro que si estuvierais aquí veríais las cosas de otro modo, ¿qué importa quién tiene la razón?, desde aquí poco o nada.
He leído cosas de gente que redime la participación de cierto grupo religioso en estos eventos pero, ¿cómo podéis tolerar la intolerancia? Especialmente si eres mujer. Si viviéramos bajo semejante totalitarismo yo ya estaría muerta, y tu callada. Y puedo hablar, pero no quiero, de lo que veo en la vida cotidiana aquí, antes y después de los atentados. Se diría que cierta corriente de pensamiento quiere hacernos sentir culpables y debilitarnos, como si fuera una especie de síndrome de Estocolmo que nos impulsa a justificar a los verdugos de la libertad.
¿Por qué queréis perder vuestra libertad? y, ¿cómo se le puede imponer la fe a alguien? Algo que es absolutamente personal; la tienes o no la tienes, ¿cómo se la vas a imponer a otros?
Solamente desde la libertad podemos actuar, aunque sea únicamente ofreciendo comprensión. Desde luego que vaciando la Kalashnikoff cargada de rabia no se consigue nada, ni haciendo explotar los cartuchos del odio.
¿Quieres paz? Búscala primero ahí dentro en donde debe estar, dentro del corazón. Pues, ¿no sería paradójico hacer la guerra para conseguir la paz?

Además, ¿qué queda cuando has descargado todo tu odio sino una gran vaciedad dentro de ti? Y sin embargo, en la próxima ocasión lo volverás a recargar.
¿No suena esto como una adicción y un comportamiento imitado?
Pero no le des lugar y convierte la próxima confrontación en una prueba para mejorar. No te fuerces. Piénsalo fríamente, ¿qué te trae?, ¿de dónde viene?, ¿por qué lo tienes?, ¿a dónde va?.
Simplemente míralo pasar y suplántalo por la semilla de la reconciliación que aunque sea muy pequeña, con el tiempo en árbol crecerá.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Un torero llamado Teseo – El Minotauro


Entré en el palacio de Cnosos buscándolo entre las piedras, tal vez detrás de una columna o a la vuelta de una esquina. Es tan grande la fascinación que provoca que uno espera verlo por allí con su cuerpo de hombre desnudo y su cabeza bovina.
Dicen que lo mataron hace cuatro mil años; si era tan terrible, ¿cómo es que un solo hombre pudo acabar con él tan fácilmente?
Tal vez el monstruo era más bien el asesino que lo mató, y tal vez el rey lo había encerrado en el laberinto para protegerlo, no para defenderse de él. Si Minos hubiera visto lo que hacen hoy con los toros se habría rasgado las vestiduras. De todas formas, fueron los griegos quienes contaron esta historia y sabemos que estos eran los enemigos, ¿darías tú crédito a una biografía tuya escrita por tus enemigos?

Pero podríamos imaginarlo todo al revés:
En los tiempos del rey Minos los cretenses vivían en un palacio suntuoso de mil quinientas habitaciones llamado Cnosos. Hacían juegos acrobáticos con los toros, tenían una estupenda maestría de la cerámica artística y la orfebrería y navegaban por el Mediterráneo vendiendo vasijas, aceite de oliva y joyas. En el Egipto de las pirámides tenían sus mejores clientes.
Juegos acrobáticos con el toro.

Nos dejaron pinturas que retrataban sus rostros felices, sus bellas mujeres maquilladas, vestidas con trajes de volantes y escotes que dejaban los senos al aire. El propio rey Minos se paseaba con un estupendo taparrabos y unas flores de opio que le adornaban la cabeza.
En Cnosos tenían alcantarillado y agua corriente y toilettes con una especie de cisterna ¡hace más de cuatro mil años! En la misma época en la que otros pueblos se limpiaban el culo con la mano, o a saber con qué. No tenían esclavos, ni armas de guerra y mientras en Egipto adoraban a los muertos, ellos adoraban la vida, el arte, la prosperidad, la comodidad y toda la alegría que nos han dejado representadas en sus imágenes.
Bellas mujeres de la civilización minoica.

Esta civilización, llamada minoica, es en realidad la primera gran cultura europea y según las pruebas de ADN eran caucasianos, o sea: genéticamente europeos.
Desgraciadamente desaparecieron de repente por una causa misteriosa, dicen que por una catástrofe natural, un seísmo, un tsunami, o ambas cosas. Lo cierto es que si hubieran florecido en el mundo antiguo en lugar de los griegos, nuestro mundo de hoy sería muy distinto.
Picasso - Minotauromaquia. La niña con su vela representa la esperanza.

A los griegos les fue muy fácil dejar escrito en la historia quien era el monstruo y se inventaron un héroe que destruyese el poder de la simbología del Minotauro:
la fuerza sexual de “devoraba” a las jóvenes doncellas, las ganas de jugar con el toro convirtiendo su encuentro con él en una injusta ejecución mortal y la enorme fuerza física de un animal que sólo come hierba y no mata por divertirse.
Todo eso les arrebató el joven torero Teseo, hijo inmundo de la tragedia inventada por sí mismo, cuando se abalanzó sobre el toro con la espada en alto y le atravesó el corazón. Después sedujo a Ariadne, la propia hija del rey, quien debió haber sido más cauta y no dejarse manipular por este torero del deseo a quien tan tristemente parodian los matadores de hoy. Luego Teseo la dejó abandonada en una isla; dijo que la había olvidado, y ella terminó allí sus días casada con un borracho.
Manifestación en favor del toro en París.

Si a mi me hubieran preguntado habría preferido la belleza, la gracia y la prosperidad de Minos en lugar de la política, las estatuas inexpresivas y las guerras de los griegos.
Si a mi me hubieran preguntado yo habría encerrado a Teseo en el laberinto y dejado libre al Minotauro. Hubiera sido mejor dejar al toro suelto que reparar toda la desgracia que vino después.
Plano del palacio, como un laberinto.

No necesitamos falsos héroes, ni aunque vengan vestidos con traje de luces, necesitamos más pacificadores que conversen libres de la historia para poderla reescribir. No se sabe qué religión tenían los minoicos, pero está claro que no era la misma que la de los griegos, y sólo se percibe la belleza y un espíritu libre en todo lo que nos dejaron, sin guerras ni dioses. Necesitamos un mundo nuevo reinventando el pasado si es necesario, y metiendo a la violencia en un laberinto del que no pueda salir jamás.
Los minoicos tenían tiempo libre para dedicarse al arte y nos dejaron literatura escrita que aún no se ha podido descifrar. Al parecer se trata de ideogramas, que como la escritura maya toma una imagen para representar una sílaba, y puede que si nos hablaran hoy nos dirían que arreglemos las cosas y abandonemos a nuestros dioses, antes de que explote el volcán.